“El saber no ocupa lugar”, dice el refrán popular,  pero cuando se trata de dinero o de nuestras finanzas personales, habría que dejar un hueco suficiente, y cuanto más grande sea, mejor.

En el escenario actual,  de crisis financiera y económica,  de bajas tasas de interés, elevada volatilidad de los mercados financieros y complejidad de los productos financieros, elegir la mejor opción de inversión para nuestros ahorros,  es una tarea difícil. Dicha dificultad será mayor cuando no se tiene una cultura financiera sólida.

El ciudadano de a pie, en general, tiene un escaso conocimiento de la gama de productos financieros que se ofrecen en los mercados financieros, limitándose a depósitos en una entidad financiera (bancos, cajas, cooperativas) y en muy pocos casos,  los fondos de inversión, fondos mutuos, acciones y  bonos,  para no hablar de inversiones en bolsa, de  productos derivados, productos estructurados, etc. que exigen conocimientos financieros más avanzados.

El viejo Albert Einstein, científico más popular y conocido del siglo XX, padre de la teoría de la relatividad general,  no tuvo reparos en reconocer que el interés compuesto es la fuerza más poderosa de la galaxia. Sin embargo, la inmensa mayoría de la gente no entiende que significa el interés compuesto   (ganancias  obtenidas en un período de tiempo por un ahorro o capital a una tasa dinterés x durante nperiodos y que dichas ganancias se capitalizan al final de cada periodo), ni las riesgos que implica  endeudarse más de la cuenta, ni la necesidad de diversificar las inversiones, o de planificar el ahorro para la jubilación o para imprevistos que siempre no falta.

Hoy en día la práctica totalidad de las decisiones importantes en la vida de una persona tienen un componente financiero que afecta no sólo al individuo que las toma, sino también a su entorno personal y familiar. Hay muchas razones que justifican la necesidad de una alfabetización financiera: la inundación de la jerga de términos económicos y financieros en nuestro entorno más cercano, la aparición de  sofisticados  productos financieros (denominados habitualmente en inglés o mediante curiosas siglas), los cambios demográficos y en los sistemas de pensiones, debidos al envejecimiento de la población, así como la necesidad de tomar decisiones acertadas.

Las generaciones más jóvenes no solo se enfrentarán a una mayor complejidad de los productos financieros, servicios y mercados, sino que, además, una vez adultos, posiblemente afrontarán más riesgos financieros que sus padres. En particular, las futuras generaciones se van a enfrentar a retos importantes a la hora de planificar su ahorro para la jubilación y la cobertura de sus necesidades de salud.

Finalmente, queremos que la educación financiera sea para que cualquier persona entienda de lo que se habla en los medios de comunicación, en la política, en el mercado donde vamos de compras, que le están diciendo cuando va a pedir un crédito, o de que depende una subida o bajada del precio del dólar, un préstamo  hipotecario, o que es una tasa activa  y tasa pasiva. No sólo queremos que lo entienda, sino que también se atreva a preguntar con argumentos  sobre ello y a opinar.  En este sentido, urge la necesidad  de un  Plan Nacional  de Educación Financiera que suponga  mejorar la cultura financiera de los ciudadanos, tanto para su propio beneficio como para la sostenibilidad del  nuestro sistema financiero.


 


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